1. Nosotros, los sujetos docentes, somos ante todo humanos y como tal, somos poseedores de miedos, de temores, de prejuicios.
2. Tenemos miedos como cualquier persona, y ello hace que no podamos escapar de manera absoluta de ese manto lúgubre que nos cubre a todos…
3. Y tal vez nuestros temores pueden en ocasiones ser más grandes, más recalcitrantes, pues al poner la sociedad a sus hijos e hijas en nuestras manos, son muchas las miradas que recaen sobre nosotros…
4. Se nos ha encomendado la gran responsabilidad no solo de instruir, sino también de formar, de servir a través de la enseñanza…
5. En muchas ocasiones sentimos a esos hijos de la sociedad como propios, y por ello, también nos duelen, y queremos verlos crecer y prepararlos para enfrentar la vida con valor…
6. Pero cuando observamos nuestro propio corazón y descubrimos que él también llora, enjugamos sus lágrimas y preparamos una sonrisa en nuestros labios, para que la tristeza no nos delate ante nuestros pupilos…
7. En muchas ocasiones reprimimos nuestros temores, pues con frecuencia sentimos el peso de la responsabilidad en nuestros hombros, al ser concebidos como los educadores que ayudarán a forjar los grandes hombres y mujeres de nuestra región, de nuestro país…
8. Es que al miedo personal le podríamos estar sumando el miedo por los otros, el miedo de que nuestra siembra no dé la cosecha esperada después de tanto esfuerzo.
9. Nuestra labor es ardua, pero igualmente bella, somos como aquel escultor que toma su cincel con cuidado pero a la vez con firmeza, procurando que su obra sea majestuosa y monumental…
10. Así somos los maestros, no solo sujetos de miedos, sino también seres hechos de esperanzas y de sueños, de utopías inimaginables.
11. Pero la utopía de una mejor educación parece desmoronarse cada que sentimos la ausencia de un gobierno comprometido, que nos garantice unos mínimos para poder ejercer nuestra profesión con dignidad.
12. Sin embargo, desde nuestro “ser docentes”, también debemos tener la capacidad de la autocrítica que nos permita discernir hasta qué punto los miedos personales pueden afectar el normal desarrollo del proceso educativo.
13. Por ello, los maestros deben estar atentos, vigilantes respecto a las implicaciones de su quehacer, comprendiendo que no se trata sólo de la educación de los “otros”, sino también de un proceso de formación de sí mismo.
14. La apuesta por la educación debe estar basada en el desarrollo individual, en la exploración de aquellas fortalezas y miedos que hacen parte de nuestra condición como humanos.
15. Porque en la medida en que cada maestro enfrente sus propios miedos y sea consciente de ellos, entonces será posible comenzar a hablar de un cambio, de una transformación que nos aproxime al genuino desarrollo del “Ser”.
16. No es posible desconocer nuestros miedos, pero sí es posible convertirlos a favor, en experiencia de vida para enseñar, demostrando que de la fragilidad también se aprende, y que podemos orientar a “otros” a que descubran su propio camino.