Docente: Adriana Constanza Gómez
Institución Educativa: Betulia Baja
La trama de la película “No se aceptan devoluciones” del director mejicano Eugenio Derbez nos introduce de manera dramática pero al mismo tiempo jocosa, al complejo mundo de la asunción de roles para los cuales no nos sentimos preparados. En la película, el protagonista se ve abocado a asumir el rol de padre en un momento de su vida en el cual disponía de tiempo sólo para complacer una forma de vida hedonista y ególatra. Centrado en sí mismo su único propósito consistía en dar rienda suelta a una vida licenciosa, desprendida de toda clase de compromisos.
Esta forma de vida hedonista, muy propia del sujeto postmoderno, denota el afán por vivir una vida que se nutre de forma permanente de placer. En tal sentido cabe preguntarse si esta dinámica de ir en pos de “emociones fuertes y excitantes” esconde en realidad un mecanismo de evasión del “miedo al compromiso”, es decir, a asumir una forma de vida en la cual el sujeto debe renunciar a la satisfacción de sus propios intereses para favorecer un proyecto que va más allá de sí mismo y que por tanto le interpela para aportar en pro de ideales –incluso- más humanos (como es el caso de la historia en mención).
Más adelante la película nos termina mostrando que la superación del miedo a la paternidad redunda en la “humanización” del protagonista, quien, luego de asumir con gran compromiso y consagración su papel de padre, termina constituyéndose en héroe para su hija y ejemplo a seguir para los padres.
El miedo es asimismo en la película de Derbez un protagonista que atraviesa la trama de principio a fin. Desde su infancia Valentin era conminado por su padre a enfrentar sus miedos y desprenderse de ellos a través de un simple conjuro. Este hecho nos advierte acerca del “legado de los miedos”, los cuales se constituyen también en una herencia cultural alimentada por la cosmogonía propia de los pueblos. (Metáforas y paradojas de los miedos en los sujetos docentes; pg. 356)
En tal sentido cabe señalar que nuestro contexto local, es decir, el eje cafetero, ha fabricado y diseminado de forma prolífica historias de miedo. Desde niñas llegamos al encuentro de narraciones orales que infunden temores, por ejemplo cuentos y leyendas como: “La llorona”, “La madre monte”, “El duende”, entre muchos otros en los cuales transitan personajes obscuros que rompen esquemas de la sociedad convencional para convertirse en seres errantes, habitantes de submundos con poder para influir de forma nefasta en nuestras realidades cotidianas. Así se nos inocula desde edad temprana el miedo, sin mediar la razón para entender que tales historias hacen parte de la imaginería cultural.
No obstante mis apreciaciones acerca de la herencia cultural y quizás patológica de miedos, parida en el seno de una sociedad cada vez más neurótica por cuenta de las violentas realidades en las cuales vivimos, considero que el miedo es una emoción humana capaz de potenciar al sujeto cuando se canaliza de forma apropiada. Considero que se cae en un error cuando se sataniza al miedo per sé. Porque éste nos puede hacer conscientes de lo frágiles y vulnerables que somos y por ende, nos hace sensibles para reconocer la necesidad que tenemos de mirar más allá de sí mismos para encontrar en el otro un consejo, un abrazo, en fin, un estímulo que me ayude a ver la realidad desde otras perspectivas, más optimistas quizás, más esperanzadoras.
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